
Ya eran discriminadas antes de ser portadoras del virus que causa el Sida: por ser mujeres, trabajadoras o ex trabajadoras sexuales; por inmigrantes, por pobres o por tener género femenino cuando el sexo biológico indicaba lo contrario, de acuerdo con los patrones sociales. Ahora que deben enfrentarse al estigma que pone tener el virus, vivir se convierte en un acto heroico. Conviven con el Sida como un secreto demasiado pesado. Temen al rechazo del personal de salud y hasta de su familia. No se lo digo a nadie. Todos saben que soy trabajadora sexual -y uso condón con todo el mundo- pero lo del Sida no lo digo. Tuve que irme del pueblo donde vivía y mudarme. Me hice evangélica y hasta en la iglesia me discriminaban. Ahora, aquí en el negocio donde trabajo me tratan mal porque soy haitiana, pero yo tengo educación. ¿Ellos son mejores que yo?”, dice una trabajadora sexual que llegó de Haití a la República Dominicana cuando tenía 12 años, huyendo de los maltratos de su padre. Ahora tiene más de 30 años y tres hijos. 


